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Literatura
04 03 2020
Bukovski con Vallejo en París por Antonio Costa Gómez

En su solitaria madurez, el autor evoca a César Vallejo, al escritor estadounidense Charles Bukovsky y a su padre por haberle iniciado a la poesía vallejiana. El gran poeta, parodiado por los bardos peruanos de diversas generaciones, mitigaba con la bebida ese enorme sentimiento de “estar vivo”, ya que reprochó en uno de sus poemas que a él nadie le preguntó si quería venir a este mundo. A fines de los años cincuenta, mi primera profesora de francés, Madame Carmen Apied, solía contar a sus alumnos que ella y su esposo, un médico peruano recibido en una universidad parisina, frecuentaron en los años treinta a los intelectuales peruanos exilados en París. Ante mi pregunta si conoció a Vallejo, ella me respondió: “¡Estaba siempre borracho!” Más tarde en los años ochenta le hice la misma pregunta a la noble rusa, conocida en el ambiente parisino como Désirée y me respondió: “¡Nunca me di cuenta de que fuera un extraordinario poeta, además nunca recitaba sus propios poemas!” (1). Para Antonio Costa Gómez, Vallejo y Bukovsky eran dos adeptos de la metafísica del fracaso. El escritor estadounidense intentaba con el alcohol borrar de su memoria los traumatismos de su infancia: los castigos de un padre brutal y dipsómano que alimentaron esa impresión de ser un relegado y un desecho de la sociedad. César Vallejo y Charles Bukovsky, reunidos en la crónica de Antonio Costa Gómez por su admiración a los dos genios, fueron salvados por la creación literaria. Héctor Loaiza.

(1) Entrevista a Kyra Saven, defensora de los prisioneros políticos peruanos durante los años 1960 y 1970, publicada el 30/08/1985 en el semanario Caretas de Lima.

Copyright: Antonio Costa Gómez

ACERCA DEL AUTOR
Antonio Costa Gómez

Antonio Costa Gómez nació en Barcelona en 1956, creció en Lugo. Es licenciado en Filología Hispánica y en Historia del Arte. Publicó libros de todos los géneros: “Revelación” (con prólogo de Ernesto Sábato), “El tamarindo”, “Las campanas”, “La reina secreta”, “La seda y la niebla”, “Las fuentes del delirio”, “La calma apasionada”, “Mateo, el maestro de Compostela”, “El fuego y el sueño”, “El huevo”, “El misterio del cine”. Llegó a la última votación del Premio Nadal 1994 con “Las campanas”. Estuvo entre los finalistas del Premio Herralde en 2014 con “El misterio del cine”. Y entre los finalistas del Azorín en 2018 con “El saber apasionado”. Fue traducido al francés y al rumano.